Adán y Eva: ¿Existieron literalmente en el principio y por qué es importante?
LA EXISTENCIA HISTÓRICA DE ADÁN Y EVA COMO LOS PRIMEROS SERES HUMANOS Y LOS PROGENITORES BIOLÓGICOS DE TODA LA RAZA HUMANA ES UN ASUNTO DE GRAN IMPORTANCIA TEOLÓGICA PARA LOS CRISTIANOS, Y ALGUNAS ESTRATEGIAS INTERPRETATIVAS SON MÁS ADECUADAS QUE OTRAS PARA DEFENDER LA CREENCIA EN UN ADÁN Y UNA EVA HISTÓRICOS.
La doctrina de la creatio ex nihilo (creación de la nada) constituye, indiscutiblemente, un fundamento esencial de la sana teología cristiana. Esta doctrina afirma que el Dios trino existe necesaria y eternamente, y que todo cuanto existe y no es Dios debe su existencia a Dios.
No obstante, entre quienes sostienen este compromiso teológico fundamental, la cuestión de cómo interpretar los primeros capítulos de Génesis ha sido objeto de debate a lo largo de la historia del cristianismo. La urgencia de esta discusión aumentó considerablemente con la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin, a mediados del siglo XIX. Desde entonces, alguna versión de la macroevolución ha llegado a ser la explicación predominante dentro de la comunidad científica para explicar la diversidad biológica de la vida en nuestro planeta. Como consecuencia, la historicidad (o no) del primer hombre y la primera mujer mencionados en las Escrituras —Adán y Eva— se ha convertido en un tema cada vez más controvertido.
Este artículo sostiene que la existencia histórica de Adán y Eva como los primeros seres humanos y los progenitores biológicos de toda la raza humana tiene profundas implicaciones teológicas para los cristianos, y que algunas estrategias interpretativas son más adecuadas que otras para defender la creencia en un Adán y una Eva históricos.
Comenzaremos demostrando la importancia teológica de la historicidad de Adán y Eva, mostrando que abandonar esta convicción implicaría comprometer varias doctrinas fundamentales de la fe cristiana. Entre los cristianos que afirman la historicidad de Adán y Eva existen diversos enfoques interpretativos de los primeros capítulos de Génesis. Estos serán resumidos brevemente junto con una evaluación de sus fortalezas y debilidades. Finalmente, se demostrará que leer los primeros capítulos de Génesis como una narración histórica es la manera más coherente de preservar la trascendental doctrina de un Adán y una Eva históricos.
Adán y Eva históricos: ¿Qué está en juego?
Génesis 1:26–31 declara que Dios creó a la humanidad a Su imagen en el sexto día de la creación. Los creó varón y mujer; les ordenó multiplicarse y llenar la tierra con su descendencia; además, les dio dominio sobre la tierra y sobre todos los seres vivientes.
Génesis 2 describe la creación del primer hombre (llamado Adán, palabra hebrea que significa «humanidad») a partir del polvo de la tierra y de la primera mujer (más tarde llamada Eva) a partir del costado de Adán. El hombre y la mujer son unidos en una sola carne en lo que las Escrituras presentan como el primer matrimonio, el cual se establece como el modelo para todas las relaciones matrimoniales futuras.
En Génesis 3, la historia de Adán y Eva toma un giro trágico cuando el primer hombre y la primera mujer se rebelan contra Dios mediante la desobediencia. Como consecuencia, Dios los reprende y pronuncia una maldición sobre la creación. El resultado de su pecado será la realidad constante de la muerte humana, el dolor y el sufrimiento —incluyendo el intenso dolor y el elevado riesgo asociado al parto—, la ardua labor necesaria para obtener alimento de la tierra y la expulsión de la presencia pactal dadora de vida de Dios, representada por el árbol de la vida en medio del huerto de Edén.
En medio de Su anuncio de juicio mediante la maldición, Dios también proclama una promesa de salvación futura, declarando que la descendencia de la mujer aplastaría un día la cabeza de la serpiente que había engañado a Adán y Eva (Gn. 3:15). De hecho, toda la historia de las Escrituras puede entenderse como el desarrollo del conflicto entre la descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente, en anticipación de la venida del Señor Jesucristo, quien finalmente cumpliría la promesa de Génesis 3:15. La historia personal de Adán concluye en Génesis 5:1, donde se le presenta como padre de Set, su tercer hijo, cuya descendencia daría origen, finalmente, al cumplimiento de esta promesa.
Aunque algunos puedan preguntarse si los cristianos realmente necesitan considerar histórica la historia personal de Adán y Eva, la atención a las Escrituras posteriores confirma que una lectura histórica es la lectura correcta de los primeros capítulos de Génesis. Además, negar la historicidad de Adán y Eva como personas reales socava varias doctrinas esenciales de la teología cristiana.
A diferencia del relato de la vida de Adán en Génesis, su importancia dentro de las Escrituras no termina en los primeros capítulos del libro. Más bien, los relatos allí registrados son considerados por los autores bíblicos posteriores como acontecimientos tanto históricos como teológicamente significativos.
Después de Génesis 5, Adán no vuelve a mencionarse hasta 1 Crónicas 1:1. Allí aparece al inicio de una genealogía que lleva al lector desde Adán, pasando por Abraham, hasta los reyes de Israel y Judá descendientes de David. Así, para el cronista, la realidad histórica de la nación de Israel bajo la dinastía davídica pertenece al mismo orden de realidad histórica que la de Adán, Set, Enós y los demás (véase la genealogía de Adán y sus descendientes en Génesis 5).
Posteriormente, el profeta Oseas compara la infidelidad de Israel (Efraín) y Judá con el pecado de Adán (Os. 6:7), una comparación que naturalmente se entiende como una correspondencia histórica. Lo que Oseas expresa explícitamente es un patrón tipológico implícito en las Escrituras que muchos intérpretes han reconocido. Después de Adán aparecen otros personajes semejantes a él, que ocupan el lugar de un nuevo Adán y son probados como él lo fue. Noé como individuo, Israel como nación y David como representante del pueblo son presentados como nuevos Adanes, con la oportunidad de triunfar donde Adán fracasó. Sin embargo, como observa Oseas, todos fracasaron del mismo modo: fueron infieles al pacto del Señor.
La NBLA dice:
«¿Qué haré contigo, Efraín? ¿Qué haré contigo, Judá? Porque el amor de ustedes es como nube matinal, y como el rocío que temprano desaparece. Por eso los herí por medio de los profetas, los maté con las palabras de Mi boca; y los juicios sobre ustedes son como la luz que sale. Porque Me deleito en la lealtad más que en el sacrificio, y en el conocimiento de Dios más que en holocaustos. Pero ellos, como Adán, transgredieron el pacto; allí Me traicionaron» (Oseas 6:4–7, NBLA).
Fundamental para la teología cristiana es la gozosa convicción de que este patrón tipológico de figuras semejantes a un nuevo Adán no terminó con el fracaso de la dinastía davídica bajo la administración de la Ley de Moisés. El Evangelio de Lucas nos muestra que la línea genealógica de Adán continúa más allá de los reyes davídicos del Antiguo Testamento hasta llegar a Jesucristo (Lc. 3:23–38). El Hijo eterno de Dios, la segunda persona de la Trinidad, asumió una naturaleza humana, haciéndose semejante a nosotros en todo para poder hacer propiciación por nuestros pecados delante de Dios (He. 2:14–18). Jesús fue todo lo que Adán era, pero tuvo éxito donde Adán fracasó.
El apóstol Pablo establece explícitamente la conexión tipológica entre Adán y Jesús:
«Así pues, tal como por una transgresión resultó la condenación de todos los hombres, así también por un acto de justicia resultó la justificación de vida para todos los hombres. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos» (Ro. 5:18–19, NBLA).
En otro pasaje, Pablo desarrolla aún más esta relación:
«Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. […] Así también está escrito: “El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente”. El último Adán, espíritu que da vida. Sin embargo, el espiritual no es primero, sino el natural; luego el espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como es el terrenal, así son también los terrenales; y como es el celestial, así son también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial» (1 Co. 15:21–22, 45–49, NBLA).
Jesucristo es el último Adán, aquel en quien encontramos redención tanto de las consecuencias del pecado de Adán como de las consecuencias de nuestras propias transgresiones. «Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro. 6:23, NBLA).
Llegados a este punto, algunos sostienen que la importancia tipológica y teológica de Adán en relación con Cristo no depende de la historicidad literal de Adán. Según esta postura, Adán puede ser simplemente un personaje literario cuya historia comunica una profunda verdad teológica. Del mismo modo que alguien podría enseñar a sus hijos la importancia de la perseverancia mediante la fábula de La tortuga y la liebre, sin insinuar que aquella carrera ocurrió realmente, Pablo (y Oseas) podrían apelar a la historia literaria de Adán sin implicar que este haya sido una persona histórica. Sin embargo, esta analogía no resiste un examen cuidadoso.
En el caso de una fábula utilizada para instrucción moral, todos los oyentes saben que la historia es únicamente ilustrativa. No existe una tradición interpretativa de La tortuga y la liebre que le atribuya un sentido histórico literal. En cambio, la inmensa mayoría de los intérpretes de Génesis 2–3 —antiguos y modernos, judíos y cristianos— han entendido que Adán y Eva fueron personas reales e históricas. De hecho, incluso aquellos intérpretes que niegan la existencia histórica de un Adán literal (como Peter Enns y Denis O. Lamoureux) reconocen que tanto el apóstol Pablo como el mismo Jesús (véase Mt. 19:1–10) creían que Adán había sido una persona histórica.
La inerrancia comprometida y el pecado original desechado
Quienes sostienen esta posición argumentan que la creencia equivocada de Jesús y Pablo acerca de la historicidad de Adán no afecta la enseñanza teológica que la historia transmite acerca del pecado, el juicio y la redención. Sin embargo, esta afirmación plantea un problema completamente distinto.
La inspiración de las Escrituras como Palabra de Dios (2 Ti. 3:16–17) y la confiabilidad de Jesús como el Hijo de Dios que habla las palabras de Dios (Jn. 3:34) quedan seriamente comprometidas por este argumento. Si Jesús y Pablo afirmaron como histórico algo que en realidad no lo era, entonces la Palabra de Dios comunica como verdadero aquello que es falso. En consecuencia, negar la historicidad de Adán exige una profunda reformulación de la doctrina tradicional de la inspiración de las Escrituras y el abandono de la doctrina de la inerrancia bíblica, una realidad que quienes rechazan la historicidad de Adán suelen reconocer.
Otro problema que surge al negar la historicidad de Adán mientras se mantienen las afirmaciones teológicas del Nuevo Testamento acerca de él tiene que ver con los efectos permanentes del pecado de Adán y Eva.
El punto teológico que Pablo desarrolla mediante su referencia a Adán no consiste únicamente en que Jesús triunfó donde Adán fracasó, sino también en que toda la humanidad quedó condenada y corrompida a causa del pecado de Adán.
Pablo afirma claramente que toda la humanidad está bajo condenación y corrupción debido al pecado del primer hombre (Ro. 5:12–19). Si Adán fuera simplemente un personaje literario —ya sea que Pablo creyera o no que existió históricamente— no habría explicación posible de cómo el pecado de un personaje ficticio podría producir consecuencias reales para personas reales.
Por tanto, negar la historicidad de Adán destruye por completo la doctrina histórica y fundamental del pecado original.
Interpretaciones cristianas de los primeros capítulos de Génesis
Entre los cristianos que sostienen la existencia histórica de Adán y Eva como progenitores de la raza humana, así como las doctrinas tradicionales de la relación tipológica entre Adán como el primer representante del fracaso del pacto y Cristo como Redentor; la inspiración e inerrancia de las Escrituras como Palabra de Dios; y la doctrina del pecado original, existen diversas estrategias interpretativas para los primeros capítulos de Génesis.
Cada una de las posiciones que se presentan a continuación es compleja y contiene numerosos matices, y sus defensores han escrito extensas obras en su favor. Las descripciones siguientes son necesariamente generales y se centran exclusivamente en la manera en que cada postura entiende la historicidad de Adán.
1. Génesis 1–11 como mito
Algunos cristianos dan por sentado que la diversidad biológica de la tierra es el resultado de un largo proceso de macroevolución mediante el cual todas las especies actuales evolucionaron a partir de formas de vida anteriores, compartiendo así un ancestro común.
Aceptar esta explicación del origen de la vida excluye la posibilidad de interpretar los primeros capítulos de Génesis como una narración histórica.
Estos cristianos suelen considerar que los primeros capítulos de Génesis —con frecuencia los once primeros— poseen el carácter de un «mito», entendido como un relato primitivo no histórico que busca explicar por qué el mundo es como es.
Normalmente, estos intérpretes desean preservar la existencia histórica de Adán y Eva (y quizá de otros personajes del relato), aunque sin afirmar la historicidad de todos los detalles narrados. En esta línea, William Lane Craig utiliza el término mitohistoria (mytho-history) para describir el género literario de Génesis 1–11. Otros autores emplean expresiones diferentes para comunicar una idea semejante.
Debe reconocerse el mérito de estos intérpretes al insistir en la existencia histórica de Adán y Eva. Sin embargo, clasificar Génesis 1–11 como mitohistoria presenta importantes dificultades.
A pesar de las afirmaciones en sentido contrario, no existe nada en Génesis 1–11 que indique que estos capítulos pertenezcan a un género literario completamente distinto del resto del libro o de otras narraciones históricas de la Biblia.
Además, como ya se señaló, las genealogías históricas de las Escrituras —como la extensa genealogía de 1 Crónicas y la genealogía de Jesús en Lucas 3— no ofrecen ninguna indicación de que los nombres anteriores a Abraham pertenezcan a un tipo diferente de historia.
Tan importante como es afirmar la historicidad de Adán para la teología cristiana, también lo es fundamentar esa doctrina en una hermenéutica consistente de las Escrituras. Precisamente en este punto es donde, según el autor, el enfoque de la mitohistoria defendido por Craig y otros resulta insuficiente.
2. Génesis 1 como literatura no histórica
Otros intérpretes afirman que el género literario del relato desde Adán hasta Abraham no difiere significativamente del relato que comienza con Abraham. Sin embargo, sí establecen una diferencia de género entre Génesis 1 y Génesis 2 en adelante. En otras palabras, consideran que la narración histórica comienza en Génesis 2:4 y está marcada por el uso de la palabra hebrea tôlǝdôt («Estas son las generaciones de…»).
Esta expresión constituye un importante recurso literario que señala la continuidad histórica del relato de Génesis, enlazando a los descendientes de Abraham con el resto de la humanidad.
Antes del tôlǝdôt de Génesis 2:4, el texto se entiende como una comunicación que no corresponde a una narración histórica directa. Según esta postura, el relato de los seis días de la creación en Génesis 1 no es una narración histórica, sino una unidad literaria destinada a comunicar verdades teológicas acerca de Dios, del ser humano, de la creación y de los propósitos redentores de Dios.
En consecuencia, la estructura de una semana en la que ocurren actos creativos específicos durante días consecutivos debe entenderse como una metáfora desarrollada, y no como una semana literal de la historia. Existen varias versiones de esta posición, conocida comúnmente como la teoría del marco literario (Literary Framework Theory).
La principal fortaleza de esta postura, en relación con la cuestión del Adán histórico, es que permite sostener la historicidad de Adán y Eva, así como de los demás acontecimientos narrados en Génesis 2–11, los cuales el Nuevo Testamento trata como hechos históricos.
Sin embargo, la marcada separación entre el carácter histórico de Génesis 2 y el carácter no histórico de Génesis 1 no está exenta de dificultades.
Quizá la mayor dificultad radica en que Jesús identifica al hombre y a la mujer unidos en Génesis 2:24 con el «varón y mujer» creados en el sexto día de Génesis 1.
En Mateo 19:1–10, cuando le preguntan acerca de la legitimidad del divorcio, Jesús cita Génesis 1:27, donde se afirma que Dios los creó varón y mujer «desde el principio». Luego, sin hacer distinción alguna, cita Génesis 2:24 y recuerda que Dios unió a ambos en matrimonio.
En otras palabras, Jesús identifica sin reservas al «varón y mujer» de Génesis 1 con el «hombre y la mujer» unidos en una sola carne en Génesis 2.
Esta identificación parece indicar que Jesús entendía el relato detallado de la creación del hombre y de la mujer, así como su unión matrimonial en Génesis 2, como una ampliación del relato general de la creación ocurrido durante la segunda mitad del sexto día descrito en Génesis 1.
La conclusión de todo esto es que Jesús asume el carácter histórico tanto de Génesis 1 como de Génesis 2.
3. Los días de la creación como períodos prolongados
Otra postura considera que la totalidad de los primeros capítulos de Génesis constituye una narración histórica. Sin embargo, sostiene que los seis «días» de la creación no corresponden a días de veinticuatro horas, sino a extensos períodos o épocas de tiempo.
Según esta interpretación, cada «día» de la creación puede abarcar desde cientos de miles hasta millones de años.
Con esta lectura, el intérprete puede afirmar el carácter histórico de Génesis 1 sin comprometerse con una edad específica de la tierra.
Si esta posición fuera correcta, las Escrituras no proporcionarían información acerca del tiempo transcurrido entre el comienzo de la creación y la aparición histórica de Adán y Eva.
Aunque esta postura mantiene una mayor coherencia respecto a la historicidad de Génesis, tampoco está libre de dificultades.
Muchos consideran que interpretar la palabra «día» como un período extremadamente largo resulta, cuando menos, forzado.
Es cierto que la palabra hebrea para «día» puede tener distintos significados, incluido el de un período indefinido y prolongado.
Sin embargo, los «días» de Génesis 1 se presentan claramente como correspondientes a una semana (véase, por ejemplo, el mandamiento del día de reposo en Éxodo 20:8–11). En otros pasajes donde «día» significa algo distinto de un período de veinticuatro horas, el contexto lo deja evidente, de tal manera que una interpretación literal sería absurda.
Ese no parece ser el caso en Génesis 1.
Más importante aún es el hecho de que esta postura presupone una larga historia de muerte en la creación antes de la creación y caída de Adán.
Quienes sostienen esta posición señalan correctamente que Romanos 5:12 únicamente exige que la muerte humana sea consecuencia del pecado de Adán y no dice nada acerca de la muerte de los animales.
Sin embargo, Romanos 5:12 no es el único pasaje relevante.
En Romanos 8:18–23, Pablo anticipa la restauración de toda la creación cuando la humanidad redimida sea glorificada en la consumación de los tiempos.
Allí describe el efecto devastador que la caída del hombre produjo sobre el resto de la creación.
Afirma que la creación fue «sometida a vanidad» (Ro. 8:20, NBLA) a causa del pecado humano.
Asimismo, declara que toda la creación permanece en «esclavitud a la corrupción» (Ro. 8:21, NBLA), aguardando el día en que será libertada cuando los hijos de Dios sean glorificados.
La palabra griega traducida como «corrupción» es phthora, término que normalmente se relaciona con la descomposición producida por la muerte.
Pedro utiliza una forma de esta misma palabra en Hechos 2:27 al hablar del cuerpo del Señor Jesús, el cual Dios no permitió que viera «corrupción» (diaphthora).
El argumento de Pablo en Romanos 8 parece ser que la vanidad y la corrupción que afectan a toda la creación son consecuencia de la caída del ser humano.
Por ello, la consumación de la redención de la humanidad traerá también la liberación de toda la creación.
En otras palabras, el destino de la creación está ligado al destino del hombre.
Así, Pablo parece enseñar que la muerte dentro de la creación no humana también es consecuencia del pecado de Adán.
Por lo tanto, la interpretación de los días de la creación como largos períodos no puede sostener de manera consistente que toda la muerte sea consecuencia exclusiva del pecado humano, dificultad que también afecta, en mayor o menor medida, a varias de las otras posiciones examinadas.
4. Génesis 1 como narración histórica con días de veinticuatro horas
A mi juicio, la única postura que mantiene el compromiso con un Adán y una Eva históricos, evitando al mismo tiempo las inconsistencias interpretativas y los posibles problemas teológicos señalados anteriormente, es aquella que entiende Génesis 1 como una narración histórica directa que relata la creación y la formación inicial del universo material por parte de Dios durante seis días literales de veinticuatro horas, compuestos de una verdadera «tarde y mañana».
Esta postura es coherente porque no obliga a establecer una diferencia de género entre Génesis 1 y Génesis 2, ni entre Génesis 1–11 y Génesis 12–50.
Por el contrario, mantiene el carácter histórico de todo el libro de Génesis, en continuidad histórica con el resto del Pentateuco y con todo el Antiguo Testamento, culminando en el nacimiento del Hijo de Dios de la virgen María «cuando vino la plenitud del tiempo» (Gá. 4:4–5, NBLA).
Asimismo, esta interpretación explica que toda muerte y toda corrupción dentro de la creación son consecuencia del pecado humano, conclusión que Pablo parece respaldar en Romanos 8:18–23 y en otros pasajes de las Escrituras.
Conclusión
La doctrina del ser humano (la antropología teológica) constituye uno de los aspectos más debatidos de la fe cristiana en una época cada vez más secularizada.
Cuestiones éticas de enorme importancia —como las relacionadas con la vida de los no nacidos, de los ancianos o de las personas con enfermedades graves; las cuestiones de justicia social y reconciliación racial; así como los debates sobre la identidad de género y la sexualidad— dependen de nuestro compromiso con la doctrina de la creación, es decir, de la convicción de que es Dios quien nos hizo y no nosotros a nosotros mismos.
Como declara la Escritura:
«Sepan que Él, el Señor, es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo Suyo somos y ovejas de Su prado» (Sal. 100:3, NBLA).
Como Creador, solo Él posee el derecho y la sabiduría para establecer y dirigir nuestros compromisos éticos.
Si los cristianos desean permanecer fieles al Señor en esta época hostil, debemos ser capaces de articular una doctrina del ser humano que sea clara, coherente y firmemente arraigada en las Escrituras.
Esa doctrina comienza con la afirmación de que Dios creó al ser humano a Su imagen; continúa con el reconocimiento de que toda la humanidad cayó en pecado por medio de Adán; y culmina con la proclamación de que la única esperanza de redención frente a nuestra condenación y corrupción se encuentra en el segundo Adán, Jesucristo.
Esta claridad doctrinal y esta fidelidad a la verdad bíblica exigen considerar la existencia histórica de Adán y Eva como un aspecto irrenunciable de la fe cristiana.
Asimismo, la manera más coherente de preservar la convicción acerca de la historicidad de Adán y Eva consiste en adoptar una estrategia interpretativa que entienda todos los primeros capítulos de Génesis como una narración histórica directa, considerando Génesis 1 como el relato de la obra creadora de Dios realizada a lo largo de seis días literales de veinticuatro horas.