Es posible que tu comprensión de tu propio cuerpo deba más a la religiosidad oriental de lo que imaginas. Sin embargo, el nuevo libro de Lainey Greer, Embodied Holiness (Santidad Encarnada), muestra que la Biblia enseña algo diferente. Fiel a su título, la obra desafía a los cristianos a esforzarse por lo que Greer llama santidad encarnada: una forma de santificación que toma en cuenta lo que hacemos con nuestros cuerpos, así como con nuestros corazones y mentes. El argumento de Greer es tan directo como necesario en los círculos evangélicos actuales: “Los cristianos deben reconocer el valor del cuerpo y asociarlo con el llamado bíblico al cuidado corporal. Este es el camino de la santidad encarnada” . Sin embargo, lo que más me impactó del libro fue la manera en que pone de relieve cuán verdaderamente única es la enseñanza bíblica sobre el cuerpo cuando se la examina junto a otras tradiciones religiosas del mundo.

La somatología bíblica no es monista

Basada en una palabra griega del primer siglo para “cuerpo”, la somatología puede referirse al estudio del cuerpo humano en general o a una conceptualización específica de lo que el cuerpo y la persona son realmente. Greer explica en su libro que algunas somatologías son monistas. Estas consideran que la persona humana está compuesta de una sola cosa. Por ejemplo, los materialistas representan una rama particular del monismo, ya que afirman que las personas están formadas por un solo elemento: su cuerpo material. La Biblia, en cambio, tiene mucho que decir sobre nuestro aspecto inmaterial. Nuestras almas, espíritus, corazones y mentes —o alguna combinación de estos— son sin duda parte de quienes somos. Greer no deja lugar a dudas: el monismo materialista es contrario a la somatología bíblica.

Algunas corrientes importantes del hinduismo también son monistas. Además de sostener que cada persona individual consiste en una sola cosa, muchos monistas hindúes insisten en que el universo mismo está compuesto por una vasta unidad cósmica: una esencia singular e inmaterial. El término sánscrito para este tipo de monismo es advaita, que literalmente significa “no dualismo”. En todo el cosmos, no existen dos cosas distintas. Esto implica que solo nuestras almas inmateriales son reales y forman parte de esa gran unidad del universo. Nuestros cuerpos, literalmente, no serían reales. La visión bíblica de quiénes somos como personas también se opone a este tipo de monismo. Nuestros cuerpos son reales. Son parte de quienes somos. Y esto nos conduce a otra manera en que Embodied Holiness muestra la singularidad de la enseñanza bíblica sobre el cuerpo y su lugar en nuestra identidad personal.

La somatología bíblica no es axiológicamente dualista

Esto puede sonar complejo, pero Greer explica mejor que nadie que el dualismo axiológico “cree en una construcción de dos partes, pero eleva el alma por encima del cuerpo y lo espiritual por encima de lo físico” (81). Según el dualista axiológico, como personas sí tenemos cuerpo y también alma —espíritu, corazón, mente—, pero lo segundo es lo que realmente importa, precisamente porque no contiene materia. Y aquí es donde Greer hace una conexión muy perspicaz. Ella señala que “las prácticas ascéticas fluyen naturalmente del dualismo axiológico, al despreciar las realidades materiales para enfocarse en las inmateriales” (94). El ascetismo —la práctica de una estricta negación de los placeres físicos e incluso de las necesidades corporales— es una característica destacada de muchas religiones orientales, especialmente del jainismo. Al describir la austeridad de uno de los santos vivientes más importantes de su comunidad, una mujer jainista en la India me dijo una vez: “Oh, él es muy santo; casi no come nada”. Para ella, la fórmula era sencilla: mayor ascetismo equivale a mayor santificación.

En Embodied Holiness, Greer explica que nada podría estar más lejos de la verdad. Las tendencias ascéticas revelan un profundo malentendido de la condición humana encarnada. Nuestros cuerpos, junto con sus necesidades, gustos y preferencias, no son obstáculos que debamos superar en nuestra búsqueda de la santidad como criaturas de Dios. Más bien, nuestra condición encarnada —natural, sudorosa y hambrienta— es precisamente el estado en el que Dios ha ordenado que persigamos la santidad para Su gloria. A diferencia del dualismo axiológico y del ascetismo que de él se desprende, la Biblia nos muestra que nuestros cuerpos son buenos, que sus necesidades son legítimas y que cuidarlos adecuadamente es una parte fundamental de nuestro caminar hacia la santidad. En contraste con otras religiones que devalúan el cuerpo y llaman a su privación, la somatología bíblica es hermosa y verdaderamente única.

Somos seres psicosomáticos

La visión única de la Biblia sobre nosotros mismos es que somos lo que Greer denomina seres psicosomáticos. El término proviene de las palabras griegas psychē, que significa alma, y sōma, que significa cuerpo. Somos cuerpo-alma. No somos únicamente identificables con nuestra carne tangible, como sostendría el monismo materialista. Nuestros cuerpos materiales no son irreales, como afirman los no dualistas hindúes. Y nuestra fisicalidad no es algo que deba ser reprimido si queremos ser más santos, como tristemente asumen los jainistas y muchos otros alrededor del mundo día tras día. Más bien, nuestra identidad como seres humanos se caracteriza por lo que Greer llama un no dualismo holístico: una dinámica en la que el alma y el cuerpo son distintos, pero están íntimamente entrelazados. A lo largo de Embodied Holiness, Greer deja claro que la Biblia enseña que estamos formados tanto de cuerpo como de alma, y que ninguno es menos importante que el otro. Cuidar de nuestro ser físico es importante mientras procuramos crecer en santidad para la gloria de Dios. En otras palabras, lo que la Biblia llama —de manera única— es a una santidad encarnada.