Nos agrada ser agradables a los demás. Ser agradado es ser deseado. Y el deseo de ser deseado es uno de los impulsos más poderosos del corazón humano.

He visto cómo esta necesidad de ser deseado lleva a personas razonables a actuar con desesperación e incluso con necedad. Yo mismo he actuado así en ocasiones, y usted también.

En una cultura como la nuestra, ser considerado poco atractivo, irrelevante o indigno de atención puede sentirse como una fuerte condena social. No es extraño ver a alguien establecer relaciones poco sabias simplemente porque fue la primera persona en mucho tiempo en mostrar interés.

Ser agradado funciona como una moneda social. Se manifiesta tanto en la inclinación implícita hacia una persona en lugar de otra en una reunión, como en las interacciones digitales donde buscamos aprobación. Queremos ser agradados, y queremos recibir aprobación.

¿Cómo entendemos esta experiencia desde la Escritura? Consideremos algunos principios bíblicos que nos ayuden a interpretarla correctamente.

1. DIOS NOS CREÓ PARA SER ACEPTADOS

El rechazo personal no existía en el huerto del Edén antes de la caída. Aunque no se nos muestra una sociedad completa en ese estado original, la relación entre Adán y Eva revela que Dios creó al ser humano para relacionarse sin vergüenza ni temor.

Génesis 2:25 (NBLA) declara:

«Y el hombre y su mujer estaban ambos desnudos y no se avergonzaban».

La caída introdujo temor y vergüenza. Génesis 3:7 afirma:

«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos».

El pecado produjo desconexión, no solo entre el hombre y la mujer, sino también entre ellos y su Creador. Fuimos creados para relacionarnos. El anhelo de ser agradados refleja ese diseño original: fuimos hechos para pertenecer.

2. SER AGRADADO IMPLICA SER DESEADO; Y SER DESEADO SE RELACIONA CON PERTENENCIA

Las personas se sienten atraídas por aquello que consideran valioso. El Cantar de los Cantares describe la intimidad restaurada en el matrimonio y revela un principio aplicable a las relaciones humanas: el vínculo entre deseo y pertenencia.

Cantar de los Cantares 7:10 (NBLA) declara:

«Yo soy de mi amado, y su deseo tiende hacia mí».

La esposa experimenta seguridad en la relación porque el deseo del esposo es claro y firme. Este principio se extiende más ampliamente: ser deseado confirma pertenencia. Ser agradado forma parte del diseño relacional establecido por Dios.

3. SER DESAGRADADO IMPLICA SENTIRSE RECHAZADO

Lo más doloroso del rechazo es que expone aquello que percibimos como deficiencias propias. El temor al rechazo surge porque fuimos creados para vivir en comunión.

Si examinamos este temor en su raíz, veremos que el miedo a no ser agradados es, en esencia, miedo al rechazo. Y ese temor revela algo más profundo: fuimos diseñados para una comunión aún más esencial que la humana.

Fuimos creados para pertenecer, ante todo, a Dios.

4. FUIMOS CREADOS PARA PERTENECER PRIMERO AL SEÑOR

El orden correcto es este: pertenecemos primero a Dios y luego a los demás. El temor a no ser agradados por las personas puede alterar este orden.

Cuando buscamos desesperadamente la aprobación humana, tendemos a minimizar la superioridad del afecto de Dios hacia nosotros. Olvidamos que nuestro mayor problema no ha sido el rechazo humano, sino nuestra separación de Dios causada por el pecado.

Sin embargo, en Cristo hemos sido recibidos con un amor insondable. En Juan 17:26 (NBLA), Jesús declara:

«Para que el amor con que Me amaste esté en ellos, y Yo en ellos».

El Padre ama a Su pueblo con el mismo amor con que ama al Hijo. No existe afecto más profundo que este.

5. EL SEÑOR NO SOLO AMA A SU PUEBLO; LO RECIBE CON AGRADO

No se trata de un mensaje meramente terapéutico, como si el evangelio fuese solo una afirmación emocional. El amor de Dios no es una simple validación sentimental.

Dios valora a Su pueblo por razones infinitamente más profundas que las cualidades personales que posean o carezcan. Él nos creó como portadores de Su imagen, y en Cristo nos está conformando a la imagen de Su Hijo.

Romanos 8:29 (NBLA) declara:

«Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo».

Y 1 Corintios 15:49 (NBLA) afirma:

«Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial».

Dios valora a Su pueblo porque ha puesto Su amor sobre ellos en Cristo. Ese amor transforma y otorga identidad.

Podemos decir, en un sentido reverente y cuidadoso, que Dios no solo ama a Su pueblo sino que lo recibe con agrado. El afecto humano en el matrimonio o en la amistad es apenas un reflejo débil del deseo santo y redentor de Dios por Su pueblo.

Ser aceptados por Dios es consecuencia de Su gracia en Cristo. Y cuando confiamos en ese amor perfecto, el temor al rechazo humano pierde su dominio.