La ansiedad y la depresión no pertenecen, ante todo, a los campos de la sociología, la psicología o la psiquiatría. Pertenecen a la humanidad. Representan la dificultad de ser un alma encarnada, débil y pecaminosa, que vive en un mundo caído. Señalan nuestra necesidad de gracia y misericordia, de un Redentor siempre presente, de un Padre amoroso que intervenga con Sus palabras y de un Espíritu que mora en nosotros y nos ayude con poder.

Para la presente discusión, me referiré a la ansiedad como una experiencia de temores terrenales. La ansiedad expresa temor. Aunque se trata de una definición simplificada, me referiré a la depresión como una experiencia de pérdidas terrenales. Expresa un corazón que protesta ante la pérdida y el dolor. Tanto la ansiedad como la depresión involucran todo nuestro ser en relación con Dios, con las personas, con la creación y con las diversas circunstancias de la vida. Ambas experiencias están relacionadas. La ansiedad actúa como uno de los principales cauces que desembocan en la profunda laguna de la depresión.

Estas experiencias encuentran descripción y explicación a lo largo de toda la Biblia porque tienden a ser dificultades comunes de la vida humana. Como pastor o líder de la iglesia, considero sabio que te prepares cuidadosamente para el privilegio de ministrar a hombres y mujeres que luchan con la ansiedad y la depresión. Mientras te preparas, permíteme ofrecerte algunos puntos de ánimo:

PRESTA ATENCIÓN A TU PROPIA ALMA

Si estamos atentos a nuestra alma en la vida cotidiana, veremos nuestras tendencias hacia el temor, la ansiedad y la preocupación. Si somos sinceros, quizá clamemos: “He estado afligido y a punto de morir desde mi juventud; sufro Tus terrores, estoy abatido” (Salmo 88:15, NBLA).

Cuando prestamos atención, veremos nuestra vulnerabilidad a la ira, la amargura, la desesperación y el abatimiento. Si hablamos con Dios con franqueza, en ocasiones le diremos al Señor: “Has mantenido abiertos mis párpados; estoy tan turbado que no puedo hablar” (Salmo 77:4, NBLA).

Si aprendes a prestar atención a tu propia alma en este sentido, estarás mejor preparado para comprender y mostrar compasión cuando los miembros de tu congregación expresen su propia ansiedad y abatimiento.

RECONOCE LA AFLICCIÓN EN LAS PÁGINAS DE LAS ESCRITURAS

De lo que trata la vida, trata la Biblia. Incluso de las cosas difíciles. Temor, ansiedad y paz. Fracaso, vergüenza y cobertura. Duda, desesperación y esperanza. Pérdida, dolor y consuelo. Inseguridad, soledad y confianza. Preocupación, inquietud y confianza en Dios. Culpa, condenación y justificación. Ira, resentimiento y mansedumbre. Dios habla con sabiduría acerca de cada una de estas cosas y de muchas más.

“Pues Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia” (2 Pedro 1:3, NBLA).

En las páginas de la Escritura, el Señor nos encuentra allí donde vivimos. Él ve la aflicción. Y siempre nos ayuda.

CONOCE LA TEOLOGÍA PRÁCTICA DEL EVANGELIO

La teología de la Biblia es mucho más que una materia académica. Dios quiere que Su Palabra sea vivida. Cristo realmente vivió, murió y resucitó. Él reina. Habla por medio de Su Palabra y consuela por medio de Su Espíritu. El evangelio se conecta con la vida real en innumerables aspectos de relevancia cotidiana.

Por ejemplo, el temor es adoración, lo cual significa que la ansiedad nos da una señal de a quién o a qué adoramos verdaderamente. Con frecuencia nos alerta acerca de áreas de falsa adoración en nuestro corazón. El evangelio nos libra de la falsa adoración y nos redime para la adoración verdadera.

La depresión nos alerta acerca de deseos, esperanzas y seguridad puestos en el lugar equivocado. El evangelio nos da nuevos deseos. El evangelio nos habla como personas que necesitan paz, esperanza y seguridad en Dios. La depresión revela áreas de nuestra vida en las que la ira, la vergüenza y la pérdida nos dominan. El evangelio nos habla como personas que necesitamos perspectiva para nuestra ira, cobertura para nuestra vergüenza, fortaleza en nuestra debilidad y significado en nuestras pérdidas.

APLICA LAS PALABRAS DE DIOS A LA VIDA REAL

Mientras te acercas a los miembros de tu congregación que luchan con la ansiedad y la depresión, ora para aplicar con habilidad y fidelidad palabras específicas de Dios a detalles específicos de sus experiencias de la vida real.

El apóstol Pablo escribió a los colosenses: “Que la paz de Cristo reine en sus corazones” (Colosenses 3:15, NBLA), y lo dijo desde la prisión. ¿Qué enfrentó Pablo que nosotros también enfrentamos cada día, y cómo se aplica el evangelio?

Nehemías, Esdras y los levitas aconsejaron: “No se entristezcan, porque la alegría del Señor es la fortaleza de ustedes” (Nehemías 8:10, NBLA). Dijeron esto a exiliados que habían regresado y estaban abrumados por las consecuencias de su pecado y por las cargas de su vida cotidiana.

Nosotros preguntamos: “¿Bajo qué realidades vivían ellos que también forman parte de nuestra vida, y cómo hablan las palabras de Nehemías a nuestra situación presente de la misma manera en que hablaron a la de ellos?”.

El Espíritu Santo inspiró a seres humanos reales para transmitir un océano de verdad y sabiduría de parte de Dios en el contexto de la vida real en la tierra. Como pastores, oramos para aplicar con gracia y sabiduría la Escritura a las realidades de la ansiedad y la depresión. Ora también para ayudar a los miembros de tu iglesia a relacionarse unos con otros con un cuidado semejante.

COMPRENDE LA NATURALEZA DEL CRECIMIENTO EN LA VIDA CRISTIANA

El crecimiento en la vida cristiana es gradual, y el crecimiento en la vida cristiana ocurre a través de las pruebas. Somos santificados lentamente, y somos santificados a través del fuego. A veces, en la vida de un cristiano genuino, la ansiedad y la depresión indican la presencia del Señor llevando a cabo una obra quirúrgica en el alma.

Predica, enseña y aconseja de una manera que comunique compasión por el dolor de esta obra. Ministra comprendiendo la naturaleza gradual de la santificación progresiva. La fe se profundiza y se enriquece en la olla de cocción lenta de las pruebas de toda una vida, bajo el cuidado de las manos llenas de gracia de Dios; no en el microondas del pensamiento ilusorio y de las frases superficiales.

Más aún, anima a los miembros de tu iglesia a relacionarse unos con otros con esta misma comprensión paciente. El proceso de cambio puede ser complicado. Seguir a Cristo nos lleva de un grado de paz a otro, de un grado de fe al siguiente, mientras aprendemos lentamente a creer y a clamar con una fe de todo corazón:

“Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sustentará; Él nunca permitirá que el justo sea sacudido” (Salmo 55:22, NBLA).

Y luego:

“Pero yo en Ti confiaré” (Salmo 55:23, NBLA).

¡Que el Señor te conceda gracia y paz en esta gran obra!